La que no fui, la que soy

935588_601444826533628_219206342_n6 – 5 – 15. Tres grandes giros copernicanos en mi vida. Seis cuenta los años que conozco a Juan, mi marido. Cinco es el número de años que estamos viviendo en Inglaterra, a un océano de distancia de Buenos Aires. Quince es el día del mes de junio en el que nació nuestro hijo Luca, y en el que todo, t-o-d-o cambió.

Los primeros dos revolucionaron suficientemente mi vida, que hasta ese entonces había estado principalmente guiada sin demasiados sobresaltos por el estudio (me recibí de psicóloga tiempo atrás) y mi practica profesional (residencia en psicología clínica en un hospital publico de la CABA, que luego seria abandonada para seguir al hombre del que me había enamorado –Juan- a tierras lejanas y extrañas en ese entonces). Migrar fue un terremoto, creo que no puedo definirlo de otra manera. Un sacudón que dejó sólo mi estructura en pie (y que por momentos amenazó con derribarla totalmente); el resto cayó. Confundida gran parte del tiempo en un lugar donde la gente hablaba raro y manejaba por el lado equivocado de la calle, fui dolorosa y entusiastamente reconstruyendo lo que quise que perdurara, y construyendo/descubriendo un nuevo camino que me llevó (y me lleva) a lugares nunca antes imaginados por mí al igual que tan inesperadamente disfrutados.

En eso me encontraba, fascinada y aterrada por el mundo nuevo que habitaba. Mis días transcurrían yendo a la universidad donde había ya cursado una maestría y ahora empezaba un doctorado en sociología. Investigando estaba cuando llegó la noticia de Luca. Aun cuando fue un tema hablado, discutido, postergado para mejores tiempos, y vuelto a retomar, nunca pensé que Luca se iba a anunciar tan pronto. ‘Empecemos, que probablemente lleve un tiempo’ recuerdo que le dije a marido. Mis 33 años me mordían la espalda, corriéndome con sus mitos sobre maternidad tardía. Pero por otro lado, recién empezaba el doctorado, estaba planeando el trabajo de campo que me llevaría a Ecuador; no era el momento… (ay, que palabra horrenda) ideal.

La noticia, sin embargo, fue recibida por ambos con tanta naturalidad que asustaba. Recuerdo que estábamos esperando el tren en la estación de Bath discutiendo nombres, ese día se nombró a Luca y a Bianca. Y así siguió durante 9 meses, con mucha tranquilidad, salvo por los vómitos, nauseas y acidez…eso si recordaba la vida que se estaba gestando en mi panza. Panza de la que me iba a enamorar al punto que de tanto en tanto la extraño.

Nos encontramos pronto con el NHS. Hay muchas cosas que me gustan de los británicos, otras que detesto y otras que no entiendo pero respeto. Pero si hay una por la cual estoy agradecida es por el sistema de salud que tienen. Durante todo el embarazo no vi nunca a un médico. Al ir avanzando –por suerte – todo bien mis encuentros fueron siempre con parteras y enfermeras; tipas cálidas, humanas, que nos escucharon y explicaron con paciencia; que nos hablaron maravillas de los partos domiciliarios, del efecto apaciguador del agua, de la importancia de que seamos nosotros los que tomemos decisiones informadas. Y así avanzábamos.

La panza seguía creciendo, Luca se movía enérgicamente y el momento de su llegada se acercaba. Yo pedí licencia por maternidad (un año, gracias nuevamente sistema británico). Pasé los últimos tiempos leyendo libros (‘Pariendo en Libertad’ de Raquel Schallman entró sin filtro en mi cabeza), hablando con mi mamá y amigas de sus experiencias, y cantándole a mi hijo en su panza. Imaginaba cada momento del parto, parto que por mucho tiempo fantaseé que se iba a desarrollar en nuestro diminuto departamento de la calle Hillside, que después decidimos que sea en el hospital porque por las dudas, nunca se sabe… Y la verdad, es que ya estábamos lo suficientemente lejos de todos nuestros afectos como para encima estar solos en el departamento. Entendimos que necesitábamos la contención y la muchedumbre del hospital. Pero mi idea de un parto con pocas, escasas intervenciones continuaba. ‘No voy a pedir epidural’ recuerdo haber dicho a marido. ‘Definitivamente voy a pedir epidural’ recuerdo haber pensado con la primer contracción fuerte.

El trabajo de parto fue largo y agotador, no podía ser de otra manera. Dos días con sus noches con contracciones irregulares pero lo suficientemente fuertes como para no dejarme descansar, salvo cuando caía agotada en la almohada por un ratito. El tercer día lo pasé sumergida en la bañadera, Juan anotando las contracciones en papelitos amarrillos que pegábamos por todos lados. Y finalmente llegó el momento tan esperado: cada 5 minutos durante un minuto. Era la señal (tan esperada sobre todo teniendo Luca 10 días de atraso de la fecha estimada de parto) para llamar al hospital y que nos den luz verde para ir. Una vez ahí, mientras me acomodaba en la cama donde iban a monitorear a Luca y a chequear mi dilatación sentía la ansiedad de saberme en el momento más importante de mi vida, pero al mismo tiempo la tranquilidad de ‘saber’ que era lo que se venía. Es que lo había imaginado tantas veces, las distintas fases, posiciones, alaridos, abrazos con marido, pujar, llorar, abrazar a Luca sobre mi pecho…todo una y otra vez se repitió en mi cabeza ayudado por el programa ‘One born every minute’ que me proporcionaba material para el escenario.

Poco resultó como imaginaba. Durante el monitoreo Luca tuvo la primera desaceleración, los latidos de su corazón bajaron lo suficiente como para hacer fruncir el seño a las parteras y decirnos que era necesario que el médico viera ese estudio. A los pocos minutos rompí bolsa, pero distinto a como lo había imaginado esta vez el agua salio verde. Miré aterrada a la partera que puso cara de ‘ahora entiendo’ y me dijo que eso era meconio, y que indicaba que el bebe no estaba feliz. Luca y sus latidos se recompusieron; media hora después se decidió esperar dos horas en las que se esperaba que yo dilatase lo suficiente como para dar por iniciado oficialmente el trabajo de parto ‘posta’. Nunca llegó ese momento. Dos horas después yo seguía clavada en 3 cm. Debido a que Luca ya tenia 10 días de atraso, al meconio y la desaceleración, se decidió inducir. ‘Primero la epidural, no? No se olviden de la epidural’ le repetía a la partera cada dos segundos. Estaba exhausta, a penas podía mantener los ojos abiertos. Ya había cumplido 3 días prácticamente sin dormir. ‘Descansa ahora, que esto puede venir para largo’ me dijo Rose, la partera galesa. No pudo ser. Al empezar las contracciones fuertes Luca empezó a tener desaceleraciones nuevamente. Fueron tres. Juan y yo teníamos clavados los ojos en el monitor, cada vez que los números caían dejábamos de respirar. Las caras se empezaron a poner serias; desfilaron anestesistas, médicos, jefa de partera, más parteras, enfermeras. A esa altura Luca había revolucionado la sala. Nunca imaginé ese escenario, ese miedo. ‘Esto no puede estar pasando’, ‘Dios, ayudanos’ era lo único que repetía para mis adentros. La médica no daba la orden de la cesárea que en el fondo y a esa altura todos pedíamos calladamente a gritos. Decía que no quería tomar una decisión que afectara futuros embarazos. Nada de eso importaba ya; ni el parto natural, ni el agüita, ni nada más que el tener a Luca en mis brazos. Tenia ganas de agarrarla del cuello y exigirle que me lleve a quirófano.

La decisión vino del médico entrante (ya habíamos cambiado de turno, o sea, ya habíamos entrado en el cuarto día del baile). No esperó ni dos segundos. Me explicó con cara de pena que había decidido la cesárea. Juan y yo nos abrazamos, las parteras sonrieron y todo el mundo se puso en acción. Luca finalmente llegaba, nada más importaba. El quirófano y mi primera vez en él tampoco fueron como podría imaginarse. Fue una fiesta. Había música; el equipo (nunca pensé que se necesitaba tanta gente) se presentó uno a uno y me hicieron presentar a mi también; había clima de alegría. Luca nació finalmente a las 9.23 de un sábado de verano con generosos 3.895 kilos. Juan y yo lloramos, y la anestesista lloró junto a nosotros. Nos sacaron fotos, nos felicitaron, sonrieron y celebraron. Luca había llegado. Y ya nada mas importó.

Dos días después estábamos en casa. El encontrarla tal cual como la habíamos dejado en esos días de contracciones, llena de papelitos amarillos, toallas sobre la cama, despelote por doquier me sacudió. Fue la primera vez que sentí angustia. Al amor y emoción que sentía al abrazar a nuestro hijito se le empezaron a sumar sensaciones extrañas y, otra vez, no esperadas. El cuerpo por primera vez en la vida no me respondía; no estaba un poco dolorida, estaba muy dolorida, hinchada y cansada. Eso me asustó, se suponía que en ese momento todo, TODO tenia que ser felicidad y armonía, y yo me sacudía cual bicho bolita dado vuelta para levantarme de la cama, pidiéndole a Juan que no me hiciese reír porque los puntos de la herida parecían explotar con cada movimiento no controlado. La angustia escalaba.

Amamantar resultaba una tarea ardua, lo fue desde el principio. Mi pezón invertido paso de ser un motivo de chistes entre marido y yo para pasar a ser la fuente del dolor más espantoso que tuve que soportar hasta ahora (y no le temo a la exageración que acabo de cometer, creo que no voy a soportar otro dolor igual mientras viva). Cada vez que Luca se prendía sentía como si la criaturita hermosa que más amaba en la tierra tuviera en la boca dos gilletes que me cercenaban el pezón derecho. Pronto vinieron las grietas, la sangre, las cremas, cremitas y más cremas, los parches, el agua caliente para ayudar el fluir de la leche, los hielos para bajar la hinchazón. La teta izquierda se la bancaba perfecto. Cuando tocaba esa teta yo estaba feliz, besaba a Luca, lo abrazaba con satisfacción. Cuando se acercaba el turno de su hermana malvada, temblaba, mordía los labios para no gritar aunque a veces no podía evitarlo, aunque lo hacia contenidamente para no asustar a Luca.

Pasadas las semanas me encontré un día temblando abajo del acolchado. Marido había pronunciado las palabras mágicas después de teta izquierda ‘anda a acostarte un rato, yo me encargo’. Lo amaba más cada vez que las decía; me fui a acostar pero no podía dormirme, estaba exhausta y angustiada, se venia la teta derecha. Empecé a temblar. Ese día vino la partera a hacer el control. Su cara de terror al ver el pezón derecho me lo confirmó, la cosa estaba mal. Me pidió que descansara esa teta por lo menos 48 horas, que después veríamos como evolucionaba. Ahí llego a mi vida el exprimidor de leche que marido salió corriendo a comprar. Parecido al peor aparato de tortura, resultó ser muy eficaz. La teta derecha mejoraba hasta que intentamos de nuevo, y volvimos al mismo escenario. Fue entonces cuando decidí dejar de amamantar con la derecha, hacerlo con la izquierda y seguir con el saca leche. Las parteras dieron el ok con entusiasmo. A las semanas amanecí con la teta izquierda en llamas y al borde de una mastitis. Las succiones de Luca me destrozaban la teta sana, y lo peor, Luca no paraba de llorar después de cada toma. Todo lo que imaginé antes sobre la lactancia materna se desmoronaba, me sentía defraudada por todas y por mi, porque nadie me había avisado que dolía tanto, que era tan complicado, que no era cuestión de sentarse en la silla mecedora con el camisón blanco con puntillas mientras se agarraba la manito al bebe y se le cantaba. Era cuestión de estar desparramada en el diminuto sillón marrón de la calle Hillside, con una almohada arriba, tratando de alinear al pibito para que estemos panza con panza, poniendo y sacándome cremas que prometían salvación, apretando fuertes los labios para no gritar aunque si me permitía llorar; o estar en ese mismo sillón sola, ordeñándome leche y llenando mamaderas.

A esa altura me había desvanecido en el aire, no estaba disfrutando nada. Lloraba. No podía entender a aquellas que tenían más de un hijo, – cómo podían soportarlo? -pensaba. Fue entonces que Juan sugirió por primera vez la posibilidad de empezar a darle mamaderas a Luca. Yo me debatía en mi interior; mi leche era lo mejor que le podía dar, el vínculo entre madre-hijo al amamantar es único, la conexión…y así seguía el rosario. Todo lo que había leído y escuchado rebotaba en mi cabeza. Por otro lado, ya no era una persona, me había convertido en hilacha del dolor que sentía, y lo peor, no estaba disfrutando de Luca. Así empezamos con la leche de fórmula. Avergonzada ante la partera y el médico, les confesaba la decisión que habíamos tomado. La partera, Teresa, desdramatizó todo al segundo; Luca iba a estar bien, me hizo entender que era necesario que yo también esté bien. Me contó su experiencia, una bastante parecida a la mía. Ahí me fui enterando de las experiencias de otras mujeres que pasaron por situaciones parecidas. No era la única, y el vínculo con Luca se construiría igual, abrazándolo, mirándolo, besándolo. Estando juntos, básicamente.

Hoy Luca tiene 3 meses, y es un bebe feliz que por suerte tiene una mamá feliz (aunque poco duerma). Está creciendo fuerte y es un bebe muy activo. Los días con él son un placer, y mi amor es incondicional. Debo confesar que los fantasmas sobre la que no fui siguen acechándome, susurrando al oído que soy una mala madre; quizás el sentarme a escribir haya sido el modo que elegí para invitarlos a retirarse, para que entiendan que no hay un modo de ser mamá ni de cuidar a los hijos ni que voy a ser peor mamá por elegir uno sobre el otro. Aunque cuando escuche hablar sobre lactancia materna tenga que apretar los dientes y tragar salida, sintiéndome excluida de una especie de club al que pertenecí sólo por algunas semanas; aunque me acaricie todos los días la herida de la cesárea y me pregunte qué se sentirá parir a un hijo pujando.

Esta fue y es mi experiencia, construyéndola todos los días. Lo que no pudo ser, no fue, y lo que es lo abrazo con fuerza todos los días. Soy la mamá de Luca, y soy feliz.

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